Anatole Saderman

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Anatole Saderman fue un fotógrafo. Uno bueno. Famoso durante su tiempo y aún hoy se lo recuerda.

Cuando se me pidió que escribiera un relato sobre mi familia, inmediatamente pensé en él. De entre una historia de amor trágica hasta el final, un montonero traicionado, y la ordinaria existencia de sus descendientes, me pareció que la vida de un hombre que descubre su pasión y se dedica a ella era la opción más alegre.

Ahora bien, mi bisabuelo Anatole, el fotógrafo argentino, bien podría haber sido Anatoly, el fotógrafo ruso. O quizás ni siquiera fotógrafo, ya que la única razón por la que tomó la cámara fue por su migración a Sudamérica hace ya 91 años.

Pero para entender las circunstancias de su viaje hay que volver en el tiempo otros veintidós años.

El lugar es Moscú, en el Imperio Ruso, que todavía es gobernado por un Zar. Creyendo por alguna razón u otra que los judíos podrían atentar contra su vida, no se les permite vivir en la ciudad a menos que tengan alguna utilidad, lo que quiere decir, a menos que sean médicos. Algunos tenían el dinero suficiente para ser aceptados, y por último estaban los que habían mostrado lealtad absoluta a su gobernante.

Tras veinticinco años de servicio militar, los abuelos de Anatole se habían ganado el derecho de vivir en Moscú, y allí nace él, en 1904. Cuenta también en sus memorias:

“Era, como suele decirse, una infancia feliz. Desde que yo recuerdo papá ya tenía una situación económica desahogada. Desde nuestro nacimiento nos crió Niania Katis, la niñera que dos décadas antes había criado a nuestra madre […] A nuestros padres los veíamos poco: papá estaba todo el día en el trabajo y aunque venía a almorzar, en seguida desaparecía. Mis padres salían prácticamente todas las noches o había reuniones en nuestra casa, desde luego sin nuestra participación.” Y, gracias a esa situación económica desahogada, a Anatole no le faltaron institutrices, clases de violín y oferta cultural. Los Saderman tenían un palco en el Teatro Bolshói y veían estrenos de obras de Chéjov en el Teatro del Arte de Moscú. Al salir del colegio, Anatole solía pasar por el museo de arte. Cuenta Tola también que, un poco más adelante en su vida, “quería ser todo lo que veía de lindo o de excepcional a mi alrededor”. Violinista, bailarín, cantante de ópera o pintor, le atraían los caminos artísticos. Pero, como ya he mencionado, tal vez nunca se le hubiera ocurrido tomar la fotografía si no hubiese migrado a América.

Octubre de 1917 es cuando comienza este viaje. Es en esta fecha que estalla la Revolución Bolchevique y el Estado confisca la fábrica donde el padre de Anatole se desempeñaba como gerente, y los Saderman dejan Moscú hasta que la revuelta falle y la situación se calme. Y como no falló, la familia fue viajando de ciudad en ciudad, siempre hacia el oeste.

Boris, el padre de Tola, no lograba afianzar sus negocios y la familia se mudaba de nuevo. Lituania, Polonia y finalmente Alemania, donde tuvo mejor suerte. Durante los cuatro años que estuvieron en Berlín, Anatole pudo cursar el bachillerato. Estudió dibujo y artes plásticas, y con esos elementos pintaba carteles de cine; él era en ese entonces dibujante, desde muy pequeño que le fascinaba el dibujo y no me cuesta pensar que no le habría molestado dedicarse a ello si nunca hubiese descubierto el embrujo de la fotografía. Fue en esta época que descubrió la pintura clásica, teniendo el museo de arte a pocas cuadras de la universidad, y leyendo monografía tras monografía sobre los artistas en la Biblioteca Nacional.

En el 26 llega a Berlín una carta para Boris de su hijo mayor, Manuel, que se había ido a América para ver las tierras que ofrecía el gobierno paraguayo para atraer inmigración. Tierra era justamente lo único que había en ellas. Tierra y selva, y Manuel tuvo que marcharse, cruzando hectárea tras hectárea de terrenos inhabitados.

Medio muerto y sin saber ni una palabra de español, había llegado a Asunción y milagrosamente se había encontrado con una pareja de judíos rusos, dueños de la farmacia a la que había entrado.

Contaba esto en su carta, judíos rusos “ignorantes” en Paraguay a los que les iba bien en los negocios! Seguramente, Boris, de mayor educación y cultura no tendría ningún problema en lograr lo mismo.

Se marchaban entonces para América los padres de Anatole pero el protagonista de esta historia planeaba quedarse en Europa. Su novia venía de París y prontamente se casarían.

El día de la partida, los Saderman abordaron el SS Cap Polonio, Anatole incluido. Una carta de su novia mencionaba a cierto ex-novio que quería verla antes del casamiento y Anatole ya sabía que al final nunca se llevaría a cabo.

Este es el momento clave de la historia. Anatole, buen alumno toda su vida, se había hecho amigo del director del bachillerato, Nikolay, quien le había pedido notas periodísticas y fotografías de América para el diario de su suegro.

Tola traía abordo entonces la cámara que le había traído su padre de París y el laboratorio disponible en el barco le permitió comenzar a sacar fotos de los pasajeros, que luego les vendía. Desde el primer momento la fotografía la tomó como un oficio, era la única herramienta que tenía disponible en Montevideo, donde desembarcó mientras el resto de su familia continuaba el viaje a Asunción. Anatole quería independencia y había visto una oportunidad para hacer su propia vida.

Gajos de mandarina es lo que cuenta que comía durante su estadía en el Hotel de Inmigrantes de Montevideo. Su hijo, Alejandro Saderman, la describió apropiadamente como una temporada en el infierno, en una ocasión que lo entrevisté por motivo de esta historia.

No es necesario contar más, basta decir que las situaciones de vida no eran demasiado buenas y estoy seguro que Anatole pasaba el mayor tiempo posible fuera del Hotel. Solía ir al puerto a sacar fotografías y buscar clientes.

Poco a poco fue aprendiendo el oficio, aunque más que nada se tenía que ir dando cuenta solo.

Primero fue ayudante de un fotógrafo callejero alemán, bastante autoritario según me contó Shura (Alejandro), que lo trataba más como un sirviente. Luego consiguió trabajo en el estudio de Yaroboff, un fotógrafo ruso, bastante celoso, por lo que sus tareas no tenían que ver con la realización de la fotografía en sí. No fue sino hasta unos años después que él fotógrafo le ofreció trabajar con él de nuevo, esta vez sí para aprender a dominar la cámara.

En el ínterin, Tola se había ido a Asunción y abierto su primer estudio, donde utilizaba una técnica novedosa: luz artificial. Según me explicó Shura, en esos tiempos se utilizaba luz natural en cantidades abundantes, porque las películas eran muy poco sensibles. Las galerías tenían techo de vidrio para que la luz del sol bañara la escena, y esta saturación lumínica no le sentaba bien a Anatole. Me dijo Shura: “La formación estética de mi viejo era la pintura que él había conocido, […] la pintura del Renacimiento.”, y aquellos artistas pintaban con la luz que entraba por la ventana. Esto es lo que Anatole replicó con su trípode de luces eléctricas, iluminaba sus escenas con esa ventana falsa y así mantenía el relieve, la sombra que tanto le gustaba.

Anatole esperaba, observando a sus clientes, hasta que le parecía haber encontrado la esencia del sujeto, y solo entonces buscaba fotografiarla. Los consideraba retratos justamente por ello, por estar hechos con amor.

“La foto hecha sin amor, sin profundo interés hacia la persona que le preste su cara para retratarla, queda en eso: en una foto, una en un montón y ni la más alta perfección técnica puede salvarla de esta triste condición.”

No son mis palabras, sino las suyas, pues mejor no lo podría haber puesto. Ese corto párrafo es el ejemplar perfecto de su filosofía, de la forma que tuvo Anatole de encarar su arte, no solo el momento de tomar la foto sino las razones por las que las tomaba, el ambiente, el clima en el cuál se realizaban. Bien lo explica él: “Lo más difícil en el oficio de un retratista es perderle miedo al asunto. Pero, a lo mejor no es miedo sino emoción. Esta, mejor no la pierdas nunca, un retrato hecho sin emoción no es un retrato sino una foto: una en millón. Ama al prójimo al que vas a retratar. Si no podés amarlo, ódialo”. Era importante para Anatole entender, aunque sea parcialmente, a sus sujetos. Involucrar la emoción era lo que convertía a sus fotografías en arte.

Y luego termina… “Si te es indiferente fotografía mejor una botella de cualquier gaseosa: puede rendirte más y, aparte, no protesta y no te da indicaciones”. Si, Anatole era entusiasta practicante del humor y la ironía según me contó su hijo, además de ser muy sociable.

Fue en parte gracias a ello que comenzó el famoso asunto de los autorretratos, una vez que se hubo asentado en Argentina. Resulta que Tola estaba cansado de la fotografía tradicional que trabajaban la mayoría de los estudios, la que la mayoría de sus clientes le pedían, por lo que siguió el consejo de un amigo suyo y comenzó a retratar a artistas, que esperaba que tuvieran menos prejuicios y expectativas de lo que querrían que fuese su retrato.

Su primer retrato a un artista plástico se lo hizo a Luis Falcini según Alejandro, que a pesar de su fama de huraño y antipático quedó encantado con la foto y difundió la palabra. Por el resto de la carrera fotográfica de Tola, un hilo interminable de artistas pasaría por su estudio.

En un momento retrató a Eugenio Daneri, que como agradecimiento le regaló un cuadro que Anatole colgó en el lugar más visible del estudio, incitando preguntas de los artistas que lo visitaban buscando ser retratados y así instigando que varios imitaran el gesto. La colección de arte de Anatole creció considerablemente, pero en un momento decidió poner una condición: la obra tenía que ser un autorretrato.

Lamentablemente, una gran parte de esta colección se perdió, esparcida por el mundo, quedando como vestigio un libro con los retratos y autorretratos lado a lado, en blanco y negro. Hoy en día, la colección que todavía sobrevive fue preservada en un segundo libro, mucho más breve pero mostrando todos los colores de las obras.

Pero volvamos a la manera de ver el arte que tenía Anatole. En sus memorias, mi abuela le pregunta sobre cuál cree que es el significado del arte y la función en la vida del hombre, a lo que su padre responde:

“Indudablemente, para mí y para todos aquellos que lo ejercen, es una especie de […] elevación espiritual […] Un artista no ve el mundo con los mismos ojos que un individuo que no tiene interés en ningún arte”.

“[…] El primer hombre de las cavernas que adornó su herramienta de hueso con unas incisiones que nada tenían que ver con la función de la herramienta, es el predecesor de todo el arte que sobrevino en milenios posteriores. Diría más: es el primer hombre de la tierra. Todos los demás que vivieron antes que él eran animales, algunos más hábiles que los otros”. Y a pesar de que desde su infancia estuvo inmerso en el mundo del arte, la estudió en el bachillerato, y retrató no sólo a virtualmente la totalidad de los artistas plásticos de Argentina, sino también a sus escritores, músicos, actores, directores y bailarines, Anatole no se consideró a sí mismo un artista hasta dejar la fotografía, entrada ya la edad adulta, y reflexionar sobre su vida. Pero la fotografía de Tola se inspiraba, incluso aunque fuese subconscientemente, en la obra de los grandes pintores. Ya he mencionado que esta la influencia lo llevó a crear su trí- pode de luces, pero también reconoce las huellas de Goya y Rembrandt en la iluminación de sus retratos. “Más que empezar yo a buscar a Rembrandt, a Goya, a Caravaggio, parecería que fueron ellos que me buscaban a mí”, aclara de sus primeros “maestros” de arte, pues antes de conocerlos, sus primeras incursiones en el mundo del dibujo portaban un estilo similar en algunos sentidos.

Debería mencionar también a la familia que formó Tola, después de todo es la razón por la que estoy aquí redactando este texto.

“En todos los que la conocieron ha dejado un recuerdo imborrable, así era Nina”. Sin embargo, Anatole no se casó por amor, sino, en secreto, por pena, al ver la horrible existencia carente de amor que se vivía en su casa. Las actitudes de sus padres ya habían provocado el suicidio del hermano mayor, y por fortuna nada más, el intento de Nina había fallado.

Los dos se querían, mucho, pero Anatole tardó años en reciprocarle el amor a Nina. A medida que nacían sus hijos, primero Alejandro y luego Irene, y se formó su pequeño mundo, fue comprendiendo que sí la amaba.

Nina se dedicaba completamente a este mundo, dice en sus memorias Tola. Era lo que le proveía felicidad, pero la verdadera alegría de vivir no la recuperó hasta que su esposo interrumpió sus actividades como fotógrafo y se mudaron a La Banda, en Santiago del Estero, donde mi abuela se había asentado con su marido Michi Aparicio, mi abuelo paterno. Nina entonces tenía el amor no solo de Tola, sino de su hija y sus tres nietitos, y además, una actividad con la que ocupar sus días, los había contactado una editorial para traducir los clásicos de la literatura rusa, cosas que hicieron en conjunto. Cabe destacar que Anatole tenía facilidad para los idiomas, sabía leer alemán, francés e italiano.

A pesar de haber dejado el ámbito profesional, mi bisabuelo continuó haciendo fotografía y organizando exposiciones hasta los 82 años, dejándola con gran pena cuando la edad ya no se lo permitió. Moriría unos años después, a los 89 años, cinco años antes de mi nacimiento. De joven, siempre tuve presente su nombre. Hablaban de “Tola” y yo lo registraba y, a efectos prácticos, lo ignoraba. Nunca lo había conocido y de chico mucho no preguntaba por mi familia, pero con el paso del tiempo fui aprendiendo algo de él. Primero, que había sido un fotógrafo, luego, que había sido un fotógrafo destacado, que había venido de Rusia para luego ir solo a Montevideo, y la historia me comenzó a interesar más. Y ahora aquí estoy, reviviendo una vez más este relato, y leo en su decálogo “Para hacer un retrato no te gastes en extravagancias. La palabra “amor” se ha escrito millones de veces, pero “Hamor” con hache se puede escribir una sola vez y no sé si vale la pena”. Y me inspiro a encontrar esta certeza en la simpleza de algo realizado con verdadera pasión.

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